sábado, 18 de mayo de 2013

El eterno encuentro postergado

Un día mi abuela me prestó libros. No había ocurrido antes pero tampoco llamó especialmente mi atención. Solo me interesó uno por su hermosa edición empastada, pero de todos modos estaba centrada en otras cuestiones, monetarias por ejemplo, que me hicieron aceptarlos a modo de cortesía, fingiendo un interés que desapareció en cuanto salí de su casa. 
Ellos quedaron eternamente en mi estantería. Me mudé al norte y quedaron eternamente en Santiago. Viajé al tiempo y aproveché de buscarlos (esos y muchos otros, que las pocas maletas en el primer viaje me habían imposibilitado el traslado) para quedar nuevamente eternos en mi estantería. 
Acumularon todo el polvo acumulable en otros dos años, hasta que en una clase de la universidad me hicieron leer a una francesa posmo bastante simpática. Me interesé, y mientras revisaba uno de sus ensayos leí una referencia a otra autora cuyo nombre me pareció de inmediato conocido, porque lo recordé en ese hermoso libro empastado que seguía acumulando tiempos. 
Y entonces, no podía ser de otro modo, lo leí. 
Era "La gata" de Colette.


domingo, 12 de mayo de 2013

La ventana de Orfeo

Lo vio por la maldita ventana encasillada en una leyenda casi demoníaca. Un vínculo irrompible conocido por toda la ciudad. Solo había subido la torre por curiosidad, y no estaba dispuesta a cumplir con una historia predeterminada. Él, sentado y disfrutando de la sombra del árbol más cercano, no había reparado en su presencia. Un libro lo mantenía suficientemente ocupado como para levantar la mirada y encontrarse con su destino. Tampoco reparó en la piedra que cayó con toda la brutalidad sobre su cabeza. El cuerpo desparramado. El libro desparramado. La ventana en silencio. Una joven bajando a toda velocidad. La mano aún tibia por el recuerdo. Pasos rápidos por el césped y miradas inseguras buscando curiosos. La mano no tiembla. Uno, dos, tres golpes certeros con la misma piedra. El lector muerto y la maldita ventana.

miércoles, 8 de mayo de 2013

De las librerías

Ayer leía un artículo sobre la idea de actualizar las librerías incorporando venta de digitales, códigos del cuadraditosacafototecuentotó, y las posibilidades de revisar comentarios sobre el producto en el lugar. Tales ideas afirmando que los pobres locales se ven afectados ya que la gente prefiere primero informarse de lo que le "tinca" para luego comprarlo a través de internet.
Claro, aquellos sofisticados planes van dirigidos de un mercado existente como el español, que tiene las posibilidades de digievolucionar en una materia que para nosotros es bastante desconocida. 
Aún y así y pasando sin más esta relevante cuestión, me cuestiono igual tan increíble idea porque solo habla de las grandes cadenas de librerías, olvidándose de una importante cantidad de pequeñas y esforzadas que buscan ese hermoso ambiente acogedor y familiar, que reserva sus espacios para que los clientes puedan ir y descubrir títulos con confianza mientras hojean y consultan a sus vendedores (que sí saben del tema) y donde en definitiva, da gusto comprar. Creo entonces, que el problema de la no compra en el lugar físico no va por el tema digital, sino por la situación típica del comercio actual. No dan ganas de ir a comprar donde un robot solo sabe darte el precio de un producto, vendértelo y darte las gracias con el sagrado "vuelva pronto". Y no. Un código de mierda no es suficiente, que para eso todo el mundo anda con sus celulares de última generación donde fácilmente pueden buscar información del título.

Para la comedia, hay una librería en mi ciudad con tanto de librería, que los títulos están casi pegados a la pared y son intocables (solo les falta el cartel). Cada vez que paso solo la miro por fuera y con cierto asco, lo cual me da pena.

martes, 7 de mayo de 2013

La del volantín tín tín~

El volantín estaba roto. No había nada posible por hacer y entonces la necesidad de tener otro, urgentemente, nació desde lo más profundo de mi ser. ¿Qué hacer? ¿Comprar otro? No. No se pueden comprar los volantines, porque dicen, existe una clase de mística especial en su fabricación. Uno no sabe que clase de pensamiento tiene la persona que te vende un volantín en la rotonda. Quizás fuese negativo, y quizás (solo quizás), podrías terminar maldito. Hay mucha historia sobre el volantín y la historia no se puede sobrepasar sin más.
Decidió entonces ir en la búsqueda de un artesano del volantín. Miró el suyo que ya no era volantín pues volantín roto es en realidad cualquier cosa menos volantín. La cosa es que lo miró dos veces antes de salir de la casa.  El quería sentir aquello que esa forma transmitía a su vida. Pero como ya no era la misma, ya no le daba nada.
Cuando abrió la puerta de la casa para dirigirse a cualquier parte (pues no sabía donde, específicamente) se encontró con un niñito que se acercaba con paso apresurado y con el rostro lleno de apuro.
¡El volantín! Alcanzó a escuchar. De ahí ya no recordó más. Quizás perdió el conocimiento, quizás su mente autoindujo el olvido. Vaya a saber. La cosa es que cuando despertó, estaba sentado en el sillón que se encuentra en el living de la casa. Fijó su vista al frente y lo primero que vió, allí, su volantín sobre la mesa del comedor. El mismo volantín, con la misma estrella.
Y entonces piensa. Piensa  el porqué del volantín recuperado. ¿Y el niño? Piensa nuevamente en el niño que vio hace unos momentos (o no, porque a saber cuanto tiempo pasó entre el verlo y reaccionar). Su  cabello rubio y corto, su traje... ¿De escolar? Algo así, de un colegio particular quizás.
Escuchó el sonido del timbre. Pensando en el volantín y en el niño se dirije a la puerta para ver quién es. Antes de abrir, piensa que quizás es el mismo niño. Cuando abre, no puede creer lo que ve.
Dos niños, dos niños iguales al anterior. O quizás uno de ellos es el mismo de antes. Grita de sorpresa y se asusta. Vamos, esto no le pasa a cualquiera. Los niños lo miran fijamente mientras siente que suda entero de los nervios. Ambos niños extienden sus manos hacia él y llega a tal punto su extraña sensación que da un paso hacia atrás, o lo intenta.
No da paso. Cuando vuelve a reaccionar, esta vez está en su cama. Se pregunta si todo fue un sueño, se levanta pensando en ello y va en la búsqueda del volantín, que ahora no está. No está ni en el suelo, donde estaba roto, ni en la mesa, donde estaba arreglado. El volantín no está. Piensa nuevamente en los niños, o el niño. ¿Es uno? ¿Son muchos?
Sin entender nada y ya algo desesperado, corre a la entrada de la casa y abre la puerta. Afuera, un niño eleva un volantín que vuela con dirección al cielo. El niño es el mismo. El volantín es el mismo.

domingo, 5 de mayo de 2013

Descontextualizada

 El carrete es un lugar perfecto para transformar las relaciones.



Déjame atrás cantando mentiras...

sábado, 4 de mayo de 2013

Porque Vassalord...

Nana sí la sabe hacer. Vende una cosa que no tiene nada de original, pero con dosis adecuadas de cada necesidad del fandom, logrando un producto que vale mucho la pena. 35 capítulos y 7 tomos recopilados de una serie que ha sido publicada en varios idiomas (o intentado de publicar, si nos vamos al caso español), que deja satisfecho a los más exquisitos. 
Es puro sentimiento, y si no me equivoco no intenta ser algo más. Es amor, deseo y los negativos producidos por los dos primeros. 
Agradezco, como siempre, a las buenas compañeras que traducen estas cosas por amor al arte.



"Tengo, tengo, tengo,
tú no tienes nada,
tengo tres ovejas
en una cabaña."